jueves, 10 de noviembre de 2016

Llega Trump (una hipótesis marxista sobre el nuevo poder del capital)





Las sociedades en que hoy vivimos son sociedades capitalistas. Una sociedad capitalista es una sociedad de clases. En las sociedades de clases, un sector minoritario de la sociedad se apropia el excedente de la producción material. Por excedente de la producción material se entiende la parte de la riqueza producida que excede de la destinada a cubrir las necesidades de la reproducción de la vida del trabajador y la reproducción de los medios de producción necesarios para ello. En todas las sociedades de clase sin excepción vale el principio del filósofo chino Mencio: "Unos trabajan con sus mentes, otros con sus cuerpos. Los que trabajan con sus mentes gobiernan, los que trabajan con sus cuerpos son gobernados. Los que son gobernados producen alimentos, los que gobiernan son alimentados." Lo que justifica la apropiación del excedente, según Mencio es el hecho de que unos tengan un saber sobre el gobierno y otros carezcan de él. Es la justificación habitual en una sociedad burocrática en la que la clase dominante y el Estado se confunden.

En cualquier caso, sea cual sea esa justificación, la apropiación del excedente requiere también una sanción jurídica, que se traduce en la propiedad del medio de producción, y una cantidad potencial de violencia para hacer valer los derechos asociados a esa propiedad. Un señor feudal puede ser propietario de las tierras que cultiva un labrador, pero para cobrar sus tributos necesita disponer de hombres armados. La apropiación del excedente por la clase dominante depende, en las sociedades de clase no capitalistas, de una relación política de dependencia respecto del soberano o del señor y de una capacidad de violencia armada. La propiedad del medio de producción, sea este la tierra o cualquier otro, es una expresión de la relación de dependencia del trabajador respecto de la clase dominante o de sus miembros particulares. La apropiación del excedente, o, lo que es lo mismo, la explotación del trabajador, se ejerce mediante los dos elementos que determinan la relación política: el derecho que legitima la propiedad de los medios de producción (principalmente la tierra) y la dependencia personal del trabajador y la violencia que crea y reproduce las condiciones sociales de funcionamiento del derecho.

En las sociedades de clase no capitalistas, las relaciones de clase y de explotación no solo son visibles sino que están abiertamente justificadas por la ideología y el derecho. Un señor explota a los campesinos que trabajan sus tierras porque ejerce sobre ellos una dominación política abierta y jurídicamente legal y legítima. Por otro lado, en este tipo de sociedades, el propietario de los medios de producción no es quien los controla durante su uso productivo. Un campesino en régimen feudal controla autónomamente el proceso productivo sin interferencia del señor-propietario de la tierra. Este último solo interviene para apropiarse del excedente ya producido, y lo hace desde fuera del proceso de producción.

En el capitalismo, según demuestra Marx en el primer libro del Capital, la explotación es inseparable del proceso de producción, por lo que no tiene directamente que ver con una relación de dominación política. El trabajador produce en una misma jornada de trabajo, y de manera indistinguible, la parte de riqueza necesaria para la reproducción de su vida (de su capacidad de trabajar) y el excedente que se apropia el propietario de los medios de producción. Este propietario, el capitalista, controla el proceso de producción en su conjunto y combina en él la fuerza de trabajo (la capacidad de trabajar de los individuos humanos) con maquinarias y materias primas, a fin de producir mercancías. Durante este proceso domina el cuerpo y la potencia del trabajador al menos temporalmente sin que exista una dependencia política del trabajador respecto del propietario de los medios de producción. La apropiación del excedente como tal se hace invisible, pues el patrón paga al trabajador por su "trabajo" lo estipulado en el contrato y se apropia como beneficio neto el valor de la parte de la producción que no se convierte en salario, en amortización de los medios de producción, pago de materias primas o reinversión. La dominación política y social ejercida sobre el trabajador por la clase propietaria no es menos invisible que la propia explotación.

La dominación política no es, en el capitalismo, condición explícita de la explotación. Esto permite al capitalismo dividir la actividad social en dos grandes esferas: una esfera económica que se considera autónoma y autorregulada, idealmente sin interferencias políticas, y una esfera política también autónoma en la que no tienen en principio ningún papel las desigualdades económicas. Las clases resultan así invisibles y el liberalismo se ha jactado históricamente de haber constituido una sociedad sin clases, en contraste con la sociedad feudal que se caracterizaba por la institucionalización jurídica y la legitimación ideológica de estas. Esta separación de la política y de la economía no se basa, sin embargo, en la desaparición de la desigualdad social, sino en su invisibilización por medio del derecho y la ideología.

En el capitalismo, como en toda sociedad de clases, existe una relación directa entre explotación y dominación, pero el hecho de que la explotación tenga lugar dentro del propio proceso de trabajo, en la esfera de la economía, no permite verla. Esta relación entre dominación y explotación es invisible porque se da a dos niveles no perceptibles, no formalizados por el derecho ni la ideología, no presentes en la conciencia de los sujetos: en la microfísica de los procesos productivos, en la disciplina de la fábrica o de otros espacios de producción (hoy confundidos en muchos casos con los propios espacios de vida) o en la macrofísica de la dominación política global de la clase o las clases dominantes unificadas en el Estado. Ambas dimensiones, invisibles en el espacio intermedio que representan el derecho y el mercado funcionan al margen de estos y constituyen, en términos de Marx, formas de despotismo (despotismo de fábrica) o de dictadura (dictadura de clase).

La invisibilidad de la explotación y la dominación no impide que el trabajador, aun sin conciencia de ellas, sienta en su propio cuerpo la eficacia de aquellas. Dentro del marco de la libertad jurídica y de mercado, todo trabajador siente de un modo un otro la sumisión y el desgaste físico y mental que implica un régimen de explotación. Por mucho que la sumisión a un régimen de trabajo organizado por un patrón se vea como algo normal y no como una "esclavitud salarial", la resistencia a la explotación se manifiesta como mínimo, y aun de manera inconsciente, como rechazo, como aburrimiento, pereza, sabotaje, como resiliencia del material, del cuerpo. El neoliberalismo, al intensificar la explotación y al extender el espacio del trabajo al conjunto de las actividades de la vida, no ha eliminado ni ese oscuro sentimiento de sumisión, ni las pasiones tristes que lo constituyen, ni las resistencias que a él oponen los individuos individual o colectivamente. Hay clases y hay lucha de clases, por mucho que estas resulten invisibles al ojo desnudo y sea necesario el microscopio y el telescopio del materialismo histórico para sacarlas a la luz. Esto no quiere decir que las clases sean sujetos con intereses propios perfectamente definidos, ni que tengan un programa político de manera espontánea o por su propia esencia. Esto es tan así, que la resistencia a la dominación del capital resulta incluso dentro de ciertos límites, funcional al propio desarrollo capitalista. Sin lucha de clases no habría habido gran industria, ni maquinismo, ni organización racional del trabajo, ni informática, ni revolución de las comunicaciones. Todas estas innovaciones responden a la necesidad por parte del capital de mantener la sumisión del trabajador, ya sea como disciplina de su cuerpo (en las fases del capitalismo industrial que culminan con el fordismo) o como control de la vida y de las formas de vida (en el actual capitalismo postfordista).

También en lo político, que en el capitalismo se presenta como una esfera autónoma, la dictadura de clase de la burguesía y otras clases capitalistas exige la movilización por parte de la minoría dominante de sectores amplios de las mayorías sociales, en concreto de los sectores explotados. Como recuerda Althusser, la clase dominante  por su exigüidad social, jamás ha podido ejercer su dominación sola, y ha tenido siempre que reclutar en el marco de su acción política a sectores dominados. Esto no significa solo que la clase dominante unificada en su Estado genere obediencia en el conjunto de la sociedad, sino que moviliza activamente para su(s) partido(s) a masas procedentes de categorías explotadas y dominadas. El algunos casos, esta movilización se ha combinado con formas de negociación social como el el New Deal rooseveltiano o las políticas keynesianas, ordoliberales y socialdemócratas de la Europa de la posguerra de la IIa Guerra Mundial. En otros, la negociación no ha existido como tal, y se ha traducido en una oferta de protección unilateral por una dirección autoritaria, como en el caso de los fascismos.

La victoria con un fuerte apoyo de sectores populares y obreros de Donald Trump, un empresario multimillonario, racista, xenófobo, machista y socialmente reaccionario en las últimas elecciones presidenciales norteamericanas no es en este contexto ninguna sorpresa. Tampoco lo es el hecho de que haya cosechado amplios apoyos en sectores de la clase obrera y la pequeña burguesía blanca. Ante la imposibilidad en que se ve hoy el mando capitalista neoliberal, cuya personificación en la última elección norteamericana era la candidata Hilary Clinton, de ofrecer ningún tipo de negociación social real a los sectores populares golpeados por el sistema neoliberal de pillaje financiero, Donald Trump pudo presentarse como el candidato de la resistencia a la globalización, con un programa basado en el rechazo al libre comercio y la constitución de una solidaridad ideológica entre sectores populares y oligárquicos en torno a la defensa de una supuesta nación blanca norteamericana. El rechazo a los inmigrantes y al libre comercio se presenta en el programa de Trump como la expresión más general del rechazo al cosmopolitismo de las élites globalizadas. De manera semejante, Ford, el gran empresario del sector del automóvil, admirado por Hitler asociaba en los años 30 en un odio común antisemita y anticosmopolita al judío bolchevique que pervierte a la clase obrera, entre la que se contaban también numerosos judíos pobres, y a la élite financiera representada por una oligarquía judía simbólicamente asociada al nombre de Rotschild. Ford podía, sin embargo, ofrecer algo: un empleo estable y un salario decente a cambio de la obediencia de los trabajadores a su mando despótico. Ford, con todo, no ocupó cargos políticos y respetó la separación entre política y economía que constituye un pilar del régimen capitalista. Esto podía ser así, en la medida en que la economía era una actividad limitada: la producción material y la especulación financiera tenían tiempos, lugares y agentes precisos, se encontraba territorializada en espacios como el mercado nacional, la fábrica o los centros financieros. Existían esferas de la vida que nada tenían que ver con la producción de riqueza. Este modelo perduró hasta los años 70, en los que entró en crisis, al no poder ya contener las demandas de salario y derechos de los trabajadores. De hecho, un amplio sector de los trabajadores protagonizó en los grandes centros capitalistas revueltas contra la fábrica y su disciplina que convergieron con revueltas estudiantiles y de sectores de las clases medias.

El neoliberalismo cambió enteramente esta situación. Para salvar el beneficio capitalista destruyó el pacto fordista haciendo de cada trabajador un agente económico supuestamente libre, un empresario. La relación del trabajador con el capital ya no era una relación de negociación colectiva como en el New Deal rooseveltiano o el fordismo, sino una relación estrictamente mercantil en la que el trabajador es solamente un agente del mercado que se somete a las condiciones del mercado. Los derechos laborales y sociales se desvanecen y el propio Estado que elevó el convenio colectivo al rango de ley, solo ampara ya formas de contractualidad individual. Esto no tardó en producir una redistribución hacia arriba de la riqueza al modificarse en favor del beneficio empresarial, y sobre todo de la renta financiera, la relación entre rentas salariales y rentas del capital.

Por otra parte, el trabajador-empresario de sí mismo y cada vez más carente de derechos, ve el conjunto de su vida transformado en tiempo y espacio de trabajo. No solo se disuelven los límites de la jornada de trabajo, sino que toda actividad, sea esta de consumo, ocio o descanso se convierte en una fuente potencial de beneficios. Los datos intercambiados a través de las redes de comunicación, así como cualquier otra actividad social pública, privada o incluso íntima, se hacen unidades de valor objeto de apropiación y comercio por las empresas. Con todo, la resistencia de los trabajadores convertidos ahora en una multitud puesta a trabajar por el capital, no desapareció. De hecho, la exigencia de derechos  y prestaciones sociales y el deseo de acceder al consumo, condiciones indispensables para el funcionamiento del capitalismo se vieron satisfechas de la única manera posible y deseable para el capital finaciero: mediante la deuda. La crisis de la deuda que se declaró en 2008 y que aún sigue produciendo efectos puso término a esa válvula de escape. Se acabó el crédito fácil y con él el acceso al consumo de numerosos bienes para importantes sectores de la sociedad. La consecuencia más inmediata de ello fue una crisis del sistema de representación política. Dejó de ser posible mantener la ilusión de que la deuda era una realidad meramente económica y que el poder de la finanza no era político, sobre todo cuando la respuesta de los Estados a la crisis fue un salvamento masivo de los bancos y las entidades financieras. La ilusión de un Estado liberal que deja hacer a los agentes económicos de modo que la propia creación de riqueza financiera para unos pocos tuviese efectos positivos (por goteo, trickle down) sobre la gran masa de la población, se transformó en la evidencia de un poder de clase que imponía a la población el pago de una deuda pública y privada que no había elegido o no había podido no elegir.

Ese rostro feo del poder político neoliberal es el que se ha venido mostrando en los casi diez años de crisis que el sistema viene arrastrando. El poder se ha convertido directamente en agente de cobro de los acreedores financieros y, por consiguiente, de extorsión directa del excedente. En cierto modo, el capitalismo neoliberal ha regresado a formas de explotación extraeconómicas propias de los regímenes precapitalistas. Esto produjo una crisis brutal de la representación: ya es imposible fingir que existe por un lado la economía y por otro la política. La economía es directamente política y la política funciona desde las clases dominantes y su Estado como forma directa de la explotación. Naturalmente, una situación así, de poder visible y descarnado ha erosionado la ilusión democrática en dos sentidos: por un lado ha erosionado la ilusión, mostrando la profunda incompatibilidad entre democracia y capitalismo, pero, por otro, ha erosionado la propia democracia, convirtiéndola en objeto de rechazo para amplias categorías sociales que solo ven en ella la forma de su explotación. La alternativa que hoy se plantea es clara: o bien una democracia que tienda a desplegarse contra el orden capitalista y su Estado; o bien un Estado capitalista fuertemente personalizado en patrones-soberanos como Trump o Berlusconi, que imponen el mando capitalista de una forma mafiosa, a la vez brutal y proteccionista, que intercambian obediencia por protección, en un Corleone global El capitalismo, tras un largo periodo en el que pudo jugar a la autonomía de lo político y la correlativa autonomía de lo económico, vuelve a enseñar su naturaleza, que a pesar del disimulo, nunca estuvo ausente, de régimen de dominación política de clase y de explotación. Personajes como Trump o Marine Le Pen son la cara del nuevo régimen político del capital.


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